Babel

Año nuevo. Década nueva. Problemas viejos, atascados.

El panorama del dolor crónico es preocupante de cara a la década que iniciamos.

Un aluvión incesante y creciente de datos se apila desordenadamente. Cada maestrillo escribe su librillo escogiendo los que le cuadran y despreciando el resto.

Un variopinto ejército de terapeutas vocea sus doctrinas y remedios en el mercadillo, disputándose los favores del dolorido que acude a todos ellos a probar fortuna, urgido por la necesidad del alivio.

Músculos contracturados, huesos desgastados y oxidados, articulaciones rasposas, fascias, puntos gatillo, estreses, traumas del pasado mal reparados, somatizaciones, desánimos, dietas, energías, auras, agujas, productos homeopáticos, cirugías, fármacos, hierbas, yoga, meditaciones, masajes, diademas, estimuladores, botox... podrá encontrar de todo en la feria del dolor.

Pruebe. Compare. Puede que suene la flauta. Si no funciona... no, no le devolvemos el dinero...

"Pain is in the brain" (el dolor está en el cerebro). Es el nuevo principio voceado por los neurocientíficos del dolor. Lo decía el mismísimo Darwin: "la acción cerebral que da lugar al dolor...", pero los sanadores siguen buscándolo en los tejidos o en los meridianos y energías que los recorren.

"El cerebro no duele", aclaran los neurólogos. Puedes pincharlo, pellizcarlo, quemarlo, sin que el individuo sienta nada parecido al dolor.

Brillante y contundente... pero falsa la conclusión que deducen, aunque la haya recordado recientemente un reputado profesor en un programa de "la 2".

Si duele es porque el cerebro ha activado la función dolor porque valora una amenaza en el lugar, bien porque le llegan noticias de un daño consumado o inminente a través de sus reporteros locales (nociceptores) o porque presiente que puede suceder lo peor: la necrosis, la muerte violenta de las células.

Hay necrosis consumadas o inminentes y necrosis posibles con probabilidad variable.

El cerebro se dedica a valorar todo aquello que dicen pueda volver vulnerable a una zona.

El cerebro debe construir creencias de más o menos fuste sobre la fragilidad de los tejidos y los riesgos que el individuo introduce con sus hábitos y proyectos.

El cerebro humano es un cerebro social. Decide influido por la cultura en la que se ha bañado. Aprendemos a movernos, percibir y emocionarnos a golpe de sucesos propios pero también observando los ajenos y escuchando, con más o menos consciencia, lo que dicen los expertos del peligro y la inconveniencia.

Los tejidos no son los responsables del dolor. Están de baja porque el cerebro no autoriza su uso por miedo a que se necrosen: se desgarren, aplasten, corroan, infecten, congelen o quemen. El niño no sale a la calle porque sus padres temen que se enfríe y enferme (necrosis).

El dolor es la expresión del miedo cerebral a la necrosis. Todo puede alimentar ese miedo.

Los sanadores promueven el miedo cerebral. Cada uno el suyo. El miedo multidisciplinar.

El cerebro es hipocondríaco y cándido. Cronifica el miedo, influido por las alarmas y prevenciones de los sanadores.

Necesitamos hacer algo con ese miedo irracional cronificado.

Estamos en el año de la batalla contra el dolor musculoesquelético por mandato de la OMS. Me temo que la campaña contribuya a aumentar aún más si cabe, el miedo al daño musculoesquelético y, por tanto, potencie el dolor.

Hay que conseguir la reinserción motora del individuo. Nada mejor para ello que quitar el miedo al movimiento.

!Todos contra el miedo musculoesquelético¡

Fuente: Blog de Arturo Goicoechea

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