El cervicalazo

Tenga mucho cuidado en los semáforos en rojo. El peligro no viene por saltárselos sino porque el que viene detrás suyo tenga esa intención y se estrelle contra su coche, correctamente detenido. El topetazo posterior hará que su cuello haga un violento movimiento de flexión-extensión con consecuencias imprevisibles.

- ¿Está usted bien? ¿No le duele el cuello? Le ponemos un collarín por precaución.

- No, me encuentro bien. Gracias

-Vamos a hacerle unas radiografías. Puede que tenga un esguince cervical

El hecho de que haya recibido el golpe trasero dispara como un resorte la convicción del profesional de que el latigazo ha producido algún desgarro ligamentoso en "las cervicales". Probablemente las radiografías sean normales o, quizás, si es usted hembra, se vea una rectificación de la curva de la columna cervical (lordosis).

- Tiene usted un esguince. Le ponemos un collarín. Llévelo durante un par de semanas. Puede que note mareos y hormigueos por el brazo. Si es así acuda a su médico para que le valoren.

No parece que, en ausencia de lesiones ósteoligamentosas que desestabilicen la columna, sea buena idea inmovilizar el cuello y prevenir sobre dolores y preocupantes consecuencias neurológicas.

Todos los estudios apuntan a que evolucionan peor los cuellos collarinizados y alertados.

Generalmente debiera (una vez descartadas lesiones que lo desaconsejen):

1- Evitarse la colocación de collarín

2- Tranquilizar

3- Animar a que se movilice el cuello precoz y activamente, sin temor a consecuencias neuronales, circulatorias o de cualquier otro tipo.

No es la práctica habitual. El collarín es el collarín, un emblema, un clásico de los servicios de urgencias.

Las consecuencias de los golpes traseros en los semáforos se empiezan a gestar antes de la colisión. El cerebro de cada sapiens (m.n.t.) tiene preparado un kit evaluativo sobre posibles consecuencias de un traumatismo cervical. Las expectativas configuran un programa que se activará con la misma agilidad que la sospecha del profesional.

El tándem de la alerta profesional-ciudadano crea el caldo de cultivo necesario para que el cerebro hipocondríaco encienda la alerta roja del miedo necrótico. El collarín recuerda la supuesta condición vulnerable de las cervicales.

- No puedo quitarme el collarín. Me mareo y me duele el cuello y los hombros. A veces noto hormigueos en la mano izquierda. Llevo así ya unos meses desde el golpe.

La Resonancia no indica nada especial, el electromiograma es normal (no hay lesiones de nervios que entran y salen de "las cervicales), la rehabilitación, los "relajantes musculares" y antinflamatorios no alivian...

- Le mando a la Unidad del Dolor...

Más fármacos. Anticomiciales, opiáceos, antidepresivos...

- Cada vez estoy peor. Me dicen que no tengo nada. Ando con abogados...

- Le mando al psicólogo...

Al cabo de unos años alguien cae en la cuenta de que no le ha visto un neurólogo al padeciente...

- ¿No le ha visto nunca un neurólogo?

- No me asuste...

Al final de esta no infrecuente y lamentable historia aparecemos los neurólogos justo para certificar algo que ya era evidente:

- Es todo normal. De "lo mío" no es...

Los cervicalazos pueden destrozar una vida.

- Antes del maldito golpe en el semáforo yo estaba perfectamente y ahora no soy persona. Me dicen que no tengo nada, que es todo psicológico... que lo que busco es sacar pasta a los seguros... Me niegan la incapacidad...

Generalmente, en esta historia se ha dejado suelto al cerebro alarmista, hipocondríaco y cándido que ya tenía configurado antes del golpe el programa de alerta ante los latigazos, un programa que se reforzó en urgencias con las premoniciones y el collarín y que, una vez activado, se sometió a la espiral de las evaluaciones habituales del "no tiene nada-pues estoy fatal".

"Las cervicales"... ¡Qué peligro!

Fuente: Blog de Arturo Goicoecheaver-siguiente-articulo