El derecho a la analgesia

 

Bienvenidas sean todas las proclamaciones solemnes de derechos humanos. Nos recuerdan que pertenecemos a una especie, Homo sapiens sapiens, caracterizada, entre otras cosas, por su tendencia a la agrupación en colectivos en los que debiera imperar el mutualismo, la prestación de ayuda al necesitado.

La proclamación solemne de derechos apela a la aplicación de esa bondad social que se nos supone y nos recuerda-exige que debemos respetar por ley la prestación de ayuda en situaciones de precariedad-adversidad física, psicológica, social y ambiental.

Nuestra capacidad para quitar el dolor por decreto es limitada por lo que no estamos en condiciones de garantizar la proclama de la analgesia a demanda. Sin embargo la OMS y muchos expertos, con la ambigüedad que caracteriza a lo solemne, dejan entender que los ciudadanos tienen el derecho a que los sanadores-aliviadores les quiten el dolor como quien quita una espina de un rosal con una pinza.

- Me duele aquí. Ahí hay algo que me está doliendo. Identifíquelo y líbreme de ello.

El padeciente imagina el algo doliente a veces como un "algo" mecánico que roza, comprime, pincha o estira. El imaginario de dolor "osteoarticular" está poblado de esos algos. El dolor surge del apretón de la carga mecánica, de la compresión estática o del movimiento. De aquellos accidentes y "coger muchos pesos" del pasado vienen estos achaques del desgaste.

Otras veces las sospechas se dirigen a las carnes. Los músculos están agarrotados, tienen nudos, enredos con los tendones... o les falta energía.

Las sospechas caen a menudo sobre la inflamación, un proceso que todo el mundo se saca de la manga para explicar todo en un santiamén y que según es nombrado abre la puerta a la decisión terapéutica lógica de aplicar antinflamatorios...

Cómo no el estrés... los desánimos... la crisis... "Tranquilizantes" y "antidepresivos"...

Si no damos con lo que duele (lo que genera dolor) el ciudadano imagina que el dolor es un algo que reside donde duele y que puede ser disuelto con disolventes del dolor (analgésicos). Si falla el analgésico convencional se pone "uno más fuerte" y a correr...

Nos quedarían para el dolor rebelde las soluciones modernas: "cachivaches con corrientes" y, si aún el dolor se resiste, tenemos "las operaciones", cortes estratégicos en los cables por los que circula el dolor desde los tejidos a la consciencia.

Si los cortes tampoco funcionan es porque el cerebro no anda fino en el procesamiento del dolor y hay que echarle una mano con los "neuromoduladores", fármacos que tienen la virtud de reordenar los errores de las letras en un texto para hacerlo comprensible...

Quedan por fin las enfermedades misteriosas, emergentes, generadas por la modernidad, a las que todavía no se les ha cogido la medida y a las que se les combate con un poco de todo (antinflamatorios, antidepresivos, tranquilizantes, neuromoduladores, opiáceos, relajantes musculares, corrientes, operaciones)...

Con todo este armamentario a su disposición el ciudadano dolorido no siempre entiende que le soltemos discursos sobre el cerebro en vez de poner el remedio.

Realmente lo que la OMS debiera velar es por garantizar que los sanadores-aliviadores conocen todo lo conocido sobre dolor y que hay voluntad de aplicarlo.

Puede que los derechos de los ciudadanos a que los profesionales conozcan lo conocido sobre dolor y, una vez provistos de dicho conocimiento tengan voluntad de aplicarlo no se cumplan en ninguno de los dos apartados.

Homo sapiens sapiens sabe que sabe pero también debiera saber que ignora. Puede que ignore su ignorancia o, peor, no quiera saber nada de ella.

El ciudadano no tiene derecho a la analgesia por la sencilla razón de que no tenemos la capacidad de proveerla, al igual que sucede con el derecho a no sentirse sólo, excluido, triste, desmotivado o aburrido.

El ciudadano debe reclamar que los profesionales actualicen el conocimiento sobre dolor y que decidan aplicarlo.

Ahí le duele al tema del dolor... Homo sapiens sapiens se sabe sapiente pero ignora que ignora. Puede que también lo sepa pero eso importa poco. Nadie le va a pedir cuentas por ello...

Fuente: Blog de Arturo Goicoecheaver-siguiente-articulo