El dolor y "la cultura judeocristiana"

En los últimos meses un reputado y refutable neurocientífico español ha sostenido en los medios (Onda cero, TVE2) que el problema del dolor anida en la cultura judeocristiana. Según él dicha cultura promueve la aceptación del dolor y su sublimación. Un buen cristiano acepta el dolor como sustancia inevitable de esta vida y lo sobrelleva para ganarse la analgesia eterna en la otra.

El neurocientífico sostiene que con la morfina, hoy en día, solucionamos prácticamente todos los dolores y que sólo una absurda obstinación en no prescribirla o utilizarla explica el que haya tanto dolorido por el mundo... judeocristiano, supongo...

La realidad es que los padecientes de dolor crónico llevan sistemáticamente su parche de opiáceo y otros "parches" y, para su desgracia, el dolor sigue ahí, imperturbable.

Lo de la cultura judeocristiana y el dolor me parece una sinsorgada sin fundamento. El opiáceo no es útil en el dolor crónico, no porque no se prescriba (que sí se prescribe) sino porque la red neuronal se encuentra en un estado de "opiáceo, no gracias".

Cuando el cerebro decide activar la alerta nociceptiva (el miedo al suceso necrótico) reduce el chorro de opiáceos propios (endógenos) y suelta la colecistoquinina, la molécula "mala" que facilita la generación de dolor. Si aplicamos opiáceos desde fuera, como recomienda el neurocientífico, su eficacia será baja pues hay escasa disponibilidad de receptores, por la alerta. A medio plazo, el cerebro aumenta la colecistoquinina, como reacción a la llegada de opiáceo foráneo, defendiendo, obstinadamente, el estado de alerta (bajo en opiáceo y alto en colecistoquinina, sustancia P...).

Puede que la "cultura judeocristiana" influya en el buen estado de salud del dolor crónico, no por los remilgos que considera el neurocientífico sino por la idea de "tierra prometida", la solución exterior, la ayuda de algo o alguien investido de un poder especial, la omisciencia y omnipotencia de " la Medicina", la fe en el "con los adelantos de hoy en día", las falsas promesas, la autocomplacencia de la Curia Científica en sus remedios.

El "judeocristiano" se esfuerza en tener fe y esperanza en la caridad de los médicos del sistema cuando algo duele pero acaba entregándose a otros dioses de Medicinas Alternativas y Paganas (de pago).

El "judeocristiano" busca la solución en los sanadores y descuida a su cerebro, el corazón de cuanto le hace padecer.

Al "judeocristiano" dolorido crónicamente no le convence "lo del cerebro". Pide el remedio y que nos dejemos de palabrerías.

El "judeocristiano" está acostumbrado a pedir soluciones rezando. Por eso a veces entiende mal las explicaciones:

- Ya he pensado (pedido, rezado) para que no me duela, pero me sigue doliendo. Necesito una solución...

En realidad, el "judeocristiano" es un occidental acostumbrado a que haya de todo para todo en el Hiper de todas las vidas posibles. Puede que no le viniera mal un máster de orientalismo pero me temo que el orientalismo está ya muy occidentalizado y se ha convertido en otro producto más de mercado que ofrece la redención del dolor hurgando en meridianos energéticos y en la profundidad de la nada.

El cerebro nos duele, en contra de lo que afirma el neurocientífico de que el cerebro no duele. Nos duele, en el sentido de que nos activa el dolor aunque las neuronas que nos duelen no lo sientan.

El verbo doler está erróneamente catalogado como intransitivo. El dolor transita desde el cerebro a la conciencia. No aparece allí donde lo sentimos. Es el producto de una acción cerebral dirigida al sujeto consciente, para alertarlo y atenazarlo e incitarle a la búsqueda del remedio... "judeocristiano".

Al "judeocristiano" le gusta la buena vida aquí y ahora y por eso pide soluciones aquí y ahora.

El problema es que el opiáceo no es más que un parche... que, desgraciadamente no sirve para librarle de estar en el infierno... en esta vida y que, según su cultura, puede llevarle a la condenación en la otra por no aceptar de buen grado el sufrimiento... y buscar y consumir... droga.

Fuente: Blog de Arturo Goicoecheaver-siguiente-articulo