El sentido del daño

Aristóteles describió cinco sentidos, los clásicos: vista, oído, olfato, tacto y gusto. Cada uno de ellos dispone de unos receptores específicos que detectan un tipo determinado de estímulos.

Realmente existen muchos sentidos más. Uno de ellos es el llamado sentido del daño. Detecta estados de energía (química, mecánica o térmica) incompatibles con la vida.

Al igual que existen unos receptores de radiación electromagnética visible en la retina, cuyas señales aportan información al cerebro para interpretar el mundo exterior, existen por toda la superficie corporal y en el interior, unos receptores especializados para detectar las citadas energías "peligrosas". Se llaman estos receptores "nociceptores" o receptores de lo nocivo.

Unos nociceptores detectan temperaturas altas peligrosas, otros temperaturas bajas también peligrosas, otros, estímulos mecánicos peligrosos (desgarros, compresiones...) y otros estados químicos (falta de oxígeno, acidez, concentración de sales...) incompatibles con la vida celular.

La activación de estos vigilantes de lo nocivo (nociceptores) enciende de forma refleja el programa dolor en el cerebro. Eso sucede cuando recibimos un golpe, nos quemamos, nos ha invadido un germen..., es decir, cuando una zona está destruyéndose de forma violenta o está a punto de hacerlo.

En muchas ocasiones, no existe ningún estado o agente energético peligroso. Sin embargo se activa el programa cerebral. Este es el caso de la migraña. Evidentemente es una falsa alarma.

Si hace mucho sol, si estamos preparando un examen o hemos dormido mal no se produce ningún estado que comprometa la integridad física de la cabeza: ni se va a infectar ni va a aumentar la temperatura ni se producen compresiones o estirones internos peligrosos.

En la migraña el sentido del daño no ha detectado ningún peligro pero el cerebro construye una hipótesis anticipada de peligrosidad. Esta hipótesis basta para activar la percepción de dolor, aunque los sensores de daño violento estén silenciosos o transmitan las señales habituales cotidianas.

Este es el problema. Las opciones de solución se limitan a: 1) neutralizar el contenido del programa o 2) desactivar el encendido (la decisión cerebral), "convencer" al cerebro de que no sucede nada en la cabeza, que dormir poco, preparar exámenes o comer chocolate es algo irrelevante para la integridad física de la cabeza.
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