Nacidos para copiar

Homo sapiens (ma non troppo) no sería lo que es (para bien y para mal) si no fuera por su condición de copiador-imitador.

Nuestro cerebro está seleccionado para copiar-imitar. Podemos adquirir conocimiento observando las acciones ajenas, tomando nota de su éxito y fracaso.

El copiado es posible por una función extraordinaria de nuestros circuitos cerebrales: convertir los datos sensoriales de lo observado en el programa motor que lo ejecuta. Nos basta con mirar una acción motora ajena para reproducirla al instante con más o menos precisión.

La cosa no queda ahí. El lenguaje nos permite, incluso, reproducir internamente una simulación de una acción descrita y configurar un programa motor sin más referencia que las palabras.

La función de copia-imitación se produce consciente e inconscientemente y condiciona poderosamente nuestras acciones, percepciones, emociones y cogniciones.

Actuamos, sentimos, nos emocionamos y pensamos, influidos no sólo por nuestra experiencia sino también por la huella de lo observado y relatado.

Homo sapiens (m.n.t.) es chismoso y mirón. Lo cuenta y mira todo.

Homo sapiens (m.n.t.) es también rumiante. Repasa una y otra vez lo observado y relatado para extraer conocimiento.

Las habladurías del mundo externo asequible a nuestros sentidos están limitadas por lo sentido comúnmente. Los elefantes que vuelan (Dumbo) sólo existen en las películas.

Las habladurías sobre interior de organismo no están protegidas por los sentidos. No disponemos de sentido común. En vez de datos sensoriales tenemos síntomas pero no es lo mismo.

Los síntomas no tienen la fiabilidad de lo que vemos y oímos.

Si veo un árbol a mi derecha probablemente hay un árbol a mi derecha pero si me duele en la zona lumbar no quiere decir que existe un dolor generado allí, un algo anómalo que lo construye donde lo sentimos.

Los síntomas son datos aportados por el cerebro. Son el resultado de un proceso evaluativo en el que intervienen proporciones variables de realidad e imaginación, de pasado, presente y futuro.

El dolor aparece en ocasiones en el curso de una agresión física violenta a los tejidos pero en muchos casos se proyecta sobre una zona donde no hay el más mínimo incidente de daño. En estos casos el dolor surge del cerebro.

Un porcentaje elevadísimo de niños tiene dolores de tripas, de cabeza o de extremidades.

Las pesquisas médicas habitual y afortunadamente no descubren nada anómalo.

A las tripas, cabezas y extremidades infantiles no les pasa nada. No es que hayan comido "porquerías", no quieran ir al cole o sus huesos estén creciendo. Es su cerebro el responsable. Está procesando todo el material acumulado por:

  • 1- estímulos propios
  • 2- observación de sucesos ajenos
  • 3- relatos e interpretaciones

 

El cerebro infantil está en período de aprendizaje y aspira con avidez cuanto ve y oye.
Dicen los neurólogos que la migraña es una "enfermedad cerebral genética". ¡Santo Dios!
No hacen ni mención a la exposición inevitable del cerebro infantil a un universo rebosante de referencias a dolores, alarmas y remedios.

La genética tiene su lugar, naturalmente, y nos asigna unas cuantas papeletas de probabilidad sobre diversos rasgos pero la genética determina también el destino copiador-imitador de cada nuevo ser humano y de lo que se copia-imita deviene lo que luego uno se lamenta.

No hay una genética del jugador de baloncesto. Hay una genética de las tallas altas y luego está la alimentación, las canchas de baloncesto, Pau Gasol... y muchas cosas más a copiar-imitar...

No sólo replicamos ADN. También replicamos cultura.

Así nos va... Para gustos... Está todo escrito

Fuente: Blog de Arturo Goicoecheaver-siguiente-articulo