Plasticidad

Las conexiones interneuronales tienen un grado de fijeza variable. Hay ligaduras fijas, inamovibles, mientras que otras pueden ser eliminadas o establecidas según el curso de los acontecimientos y, sobre todo, la forma en que son evaluados.

La propiedad de las conexiones de nacer, fortalecerse, debilitarse y/o morir se conoce como plasticidad.

El cerebro es plástico. Hasta que fallecemos sigue buscando la conectividad más rentable para la supervivencia física y social, según su sistema de creencias y valores.

Las creencias sobre integridad tisular (pasada, presente y futura), sobre los riegos que las acciones del individuo crearon, crean o pudieran crear, guían el proceso de reafirmar redes de conexiones o deshacerlas para ser reemplazadas por otras de signo contrario.

La cronificación del dolor indica que hay establecida una conectividad que mantiene, contra todo viento y marea de lógica, un programa defensivo de alerta continuada que tiene al individuo en un ay! y le impide desarrollar una actividad normal.

Los tejidos de las zonas doloridas están aptos para el servicio. La acción solicitada generalmente no supone ninguna amenaza para su integridad. La inactividad, sin embargo, implica un fortalecimiento de la conectividad que mantiene la proyección injustificada del dolor sobre la atormentada consciencia del individuo.

El encendido hipocondríaco cerebral del programa dolor-cansancio-desánimo sólo genera mortificación, degradación celular por desuso e, incluso, empobrecimiento de las ramificaciones neuronales. El bosque neuronal de determinadas zonas cerebrales acaba ofreciendo un aspecto raquítico con árboles (neuronas) de escasas ramas y hojas. Los árboles están vivos pero algo falta en el terreno del que se nutren o no disponen de la necesaria iluminación.

El bosque neuronal retomaría un aspecto normal si desapareciera el miedo a la necrosis, la convicción de que la acción del individuo no implica amenaza ni fracaso.

A la conectividad neuronal no le falta materia prima. No hay desabastecimiento de serotoninas, dopamina, noradrenalina ni endorfinas. Tampoco hay virus ni tóxicos que hayan generado daño. Nada impide la puesta en marcha de una conectividad normalizada que no sólo permita sino que incluso promueva la acción.

Falta convicción, garantías, confianza.

La conectividad cerebral está agarrotada por virus informativos, culturales.

No disponemos de sistemas de antivirus en el mercado. Sólo tenemos información, datos... El cerebro los utilizará en la medida que:

1- considere que sus creencias actuales son falsas (virus)

2- la nueva información sea válida

Si el cerebro detecta virus y dispone de nueva información validada por su red evaluativa se dedicará a desactivar conexiones defensivas y reabrir las que incitan al individuo a moverse sin temor. Aplicará los antivirus correspondientes reabriendo el flujo de señal por la red de programas perceptivos, emocionales y motores que soportan la cotidianeidad de un individuo gestionado por un cerebro con sentido común.

No sabemos cómo hacer para que el proceso tenga éxito. Sólo podemos presentarlo, conseguir que se entienda, crea y aplique. El individuo no manda, no puede retocar sus conexiones, pero, a través de la escucha, lectura, reflexión, imaginación, decisión... puede ir arañando votos en el parlamento neuronal, inclinando finalmente la balanza hacia opciones cerebrales más permisivas.

Puede que, en muchas ocasiones, estemos dando el voto a las opciones que prometen mucho pero que en el fondo no hacen sino mantener un estado represivo.

Fuente: Blog de Arturo Goicoecheaver-siguiente-articulo