Sistema de aversión recompensa

El organismo es una república de células, un ámbito espaciotemporal seleccionado a lo largo de la evolución para optimizar la supervivencia del individuo y la especie.

El individuo consciente emerge de un complejo universo inconsciente de interacciones entre los distintos órganos y sistemas celulares y el entorno. Lo que percibimos es lo que el cerebro nos proyecta a modo de sugerencia de lo que se considera en cada unidad de tiempo-espacio más relevante. El cerebro selecciona, atiende, enfoca un aspecto de la realidad pasada-presente-futura y propone una determinada conducta con más o menos presión para que sea ejecutada.

A través de los sentidos el organismo monitorea el impacto del entorno sobre la superficie corporal (el pellejo) recogiendo datos puntuales sobre las variables físicoquímicas que contiene: energía mecánica, térmica, electromagnética, química. Los datos sensoriales son procesados para dotarles de significado y relevancia y dar lugar a las respuestas consideradas como más adaptativas, más exitosas.

El interior es un entorno en el que habitan las células. Es un entorno filtrado, modificado, con sustento, cobijo y seguridad "ciudadana" garantizados.

El individuo a su vez es una célula del organismo social y colabora con su trabajo a la consecución de un entorno en el que el sustento, cobijo y seguridad estén garantizados.

Las pulsiones de cada individuo (células y personas) y del colectivo (organismo y sociedad) son convergentes y divergentes. Cada célula y persona tiende al desarrollo ilimitado, a expansionarse y el colectivo celular y social tienden a moderar, contener esa pulsión desarrollista, invasiva, cancerosa.

El organismo a través del cerebro proyecta en la pantalla de la consciencia sus propuestas de conducta hacia el individuo generando percepciones desagradables que fuerzan a explorar, identificar y ejecutar la acción que las elimina. Sed, hambre, frío y calor, picor, dolor, mareo, cansancio, miedo, tristeza, asco, adinamia, desánimo... son percepciones desagradables que empujan al individuo hacia la exploración de conductas que las neutralicen. El cerebro graba como adecuada la conducta que considera ha dado fin a la percepción (comer, beber, abrigarse, rascarse, pararse, huir, aislarse a repasar analítica y obsesivamente los sucesos...) y, una vez seleccionada la promoverá cada vez que considere que existe una situación que le da sentido.

En definitiva el organismo nos hace sentirnos mal para que nos espabilemos y hagamos lo que él considera debe ser hecho, según sus evaluaciones y nos premia retirándonos la percepción desagradable si aprueba la conducta como necesaria y suficiente para satisfacer sus pretensiones.

No tenemos ninguna garantía de que lo solicitado por el cerebro tenga sentido, racionalidad. Las evaluaciones cerebrales tienden a ser alarmistas, desconfiadas, dando lugar a percepciones desagradables como el dolor que surgen de esa visión catastrofista cerebral sobre seguridad de células y tejidos del espacio interno.

Si el cerebro olfatea amenaza aprieta los botones de los programas que dan lugar a la percepción de dolor forzando al individuo a explorar "una solución", algo que tras ser ejecutado acabe con el dolor. Ese algo, esa conducta exploratoria, puede ser tomarse un fármaco, ponerse unas agujas, refugiarse en un cuarto oscuro, vomitar, aislarse del mundo, ir a urgencias a por "algo en vena"... Si después de ejecutada la conducta el dolor se calma ello quiere decir que el cerebro recupera el sosiego, queda satisfecho, confiado de momento.

- Si no me tomo el calmante el dolor va a más y al final tengo que ir a urgencias...

- El calmante no calma el dolor sino la incertidumbre cerebral sobre posibles-probables sucesos necróticos. Los alimentos no calman el hambre sino la incertidumbre cerebral sobre posibles-probables carencias de alimentos futuras.

El sistema de aversión-recompensa es el que gestiona los registros de conductas que deben exigirse cuando desde las zonas pensantes especulativas del cerebro se plantean incertidumbres futuras muchas veces irracionales.

Una crisis de migraña desenmascara al cerebro especulativo que teme catástrofes intracraneales y al sistema de recompensa que pone en marcha los circuitos que a través de la compleja química de los mensajeros (serotonina, dopamina, noradrenalina, endorfinas...) y sus múltiples receptores da lugar a la percepción de dolor y a la tentación de tomarse el "calmante", meterse a la habitación oscura, aislarse y vomitar. Si se desobedece sin argumentos ("no me da la gana, no quiero tomar pastillas, voy a seguir con lo que estaba haciendo...") el sistema de aversión-recompensa aprieta las clavijas del sufrimiento hasta conseguir que el individuo "cambie de opinión" (" me voy a urgencias...").

Ante una propuesta alarmista de una crisis de migraña el individuo debe argumentar y convencer a su cerebro especulador (córtex prefrontal dorsolateral) que sus evaluaciones catastrofistas son absurdas y que no hace sino recoger y aplicar una cultura llena de falsedades, atemorizaciones e intereses, ajenos a la seguridad del interior.

Si se consigue calmar la angustia especulativa el dolor va cediendo. El cortex prefrontal indica al sistema de recompensa que retire la presión. La recompensa es retirar el castigo.

Quien bien te quiere te hará llorar...

Cuando seáis mayores nos agradeceréis estas tortas...

El cerebro enculturizado maneja los hilos de los circuitos que nos mortifican sin necesidad para conseguir conductas absurdas como tragarnos e inhalar tóxicos, vomitar una excelente e higiénica comida, dejar de preparar un examen o pasar el fin de semana en el cuarto oscuro y silencioso.

Todo es química... dicen los "expertos". Es cierto pero es una química liberada en muchos casos por lo que esos mismos "expertos" han contado al cándido y asustadizo cerebro especulativo.

Fuente: Blog de Arturo Goicoecheaver-siguiente-articulo