Temor y temeridad

La red neuronal nociceptiva está seleccionada para detectar agentes y estados capaces de destruir violentamente los tejidos: temperaturas extremas, ácidos, energía mecánica (desgarros, compresiones...). Un sistema defensivo que se limitara a detectar tejidos dañados y a repararlos no garantiza la supervivencia. El daño debe ser evaluado a distancia en tiempo y espacio para, a poder ser, evitarlo.

El componente fundamental de la nocicepción (detección de nocividad) es, por ello, el sentido del peligro, el conocimiento de cualquier información que pueda alertarnos hacia un daño posible-probable.

El cerebro ma-non-tróppico de Homo sapiens ha evolucionado seleccionando recursos que acumulan, generación tras generación, conocimiento sobre peligro. No hay nada que no esté informado por alguno de los múltiples expertos como potencialmente nocivo. El peligro potencial nos acecha en todas nuestras esquinas cotidianas. Es un peligro indetectable por los sentidos. Penetra en las entrañas y hace su labor nociva silenciosamente hasta que empiezan a notarse sus efectos en forma de múltiples combinaciones de síntomas a los que se agrupa, por los mismos expertos que nos sensibilizan al peligro, en síndromes a los que van poniendo etiquetas de identificación (migraña, cefalea tensional, fibromialgia, fatiga crónica, colon irritable...).

Si la etiqueta del síndrome (agrupación de síntomas) tiene éxito asistimos al nacimiento de "una nueva enfermedad". A la nueva enfermedad se le buscan orígenes y remedios y sus padecientes se agrupan siguiendo una tendencia biológica ancestral de agregarse si las cosas pintan mal.

Evaluar el peligro no es fácil. Hay dos actitudes posibles:

- Todo puede ser peligroso y debemos estar atentos, hipervigilantes y ver fatalidades en cualquier momento y lugar (catastrofismo)... o...

- ¡Bah, bobadas!

Hay organismos temerosos, catastrofistas, evitadores extremos de todo aquello que pueda resultar dañino, perjudicial. atentos a la información experta sobre lo peligroso.

Hay organismos temerarios, pasotas, osados, tocados por el gusanillo de la exploración, por el gusto a lo novedoso y potencialmente peligroso.

El individuo desconoce si su organismo es temeroso o temerario. Lo sabrá cuando afloren síntomas, en ausencia de daño relevante demostrable.

- No tiene usted nada. Es todo normal...

- Pues a mí, me duele y estoy agotado...

- Es su cerebro. Actúa como si estuviera el organismo enfermo...

- Se equivoca usted conmigo doctor. No soy de esos que...

El individuo puede ser el más aguerrido y temerario del barrio pero su cerebro puede estar alarmado precisamente por ese temperamento del usuario y asfixiarlo con síntomas de alerta.

Es bueno que el individuo sea desobediente cuando su cerebro es catastrofista. A pesar del dolor, intentará seguir una vida normal, cumplir con sus objetivos, abnegadamente.

Si el cerebro catastrofista cuenta con el apoyo de un usuario de su mismo temple no hay mucho que hacer.

El individuo "temerario" saldrá probablemente del síndrome si le hacemos ver que vive en un organismo gestionado por un cerebro alarmista equivocado, criado en una cultura hipocondríaca. Aceptará la explicación con alivio y recuperará las dosis perdidas de actividad durante el reinado del "síndrome".

El individuo "temeroso" despreciará la tesis del cerebro alarmista equivocado, la buena nueva de que habita un organismo sano y permanecerá en el pozo de la enfermedad misteriosa que no tiene curación, reclamando terapias y subsidios.

- No tiene usted nada. Enhorabuena

- Quizás le resulte extraño pero me da usted una mala noticia. Envidio a la gente con cáncer. Al menos ellos saben lo que tienen y les ponen tratamientos...

 

Fuente: Blog de Arturo Goicoecheaver-siguiente-articulo