Anorexia Nerviosa. Un Testimonio Real

Todo fue como una pesadilla de la que estoy despertando. Soy de Rosario y a los 12 años empecé a quererme cuidar, empecé dejando la gaseosa, después el helado y así distintas comidas. En realidad siempre todos me calificaban como que tenía buen cuerpo, las mamás de mis amigas les decían a ellas que sigan mi ejemplo así en general. Yo hacía inglés y me iba muy bien, en el colegio nunca me llevé una materia, en danza estaba adelantada, todos los de afuera me creían "perfectita", pero no se daban cuenta de que yo me sentía insegura de mi misma, que siempre temía los comentarios que podrían llegar a decir los demás.

Así empecé a dejar de comer y a medida que fui bajando poco a poco de peso, mi "autoestima" empezó a "mejorar", claro, al principio un par de kilitos menos me quedaban bien, pero después me fui al otro extremo. Mis obsesiones con las dietas y dejar cada vez más alimentos se fue incrementando. Hubo un momento que tuve que ir a la nutricionista, varios momentos, pero para sintetizar, pasé por varios psicólogos, nutricionistas, etc.

Obviamente les mentía, cuando por ejemplo tenía que comer una banana, les decía que la había comido y no lo había hecho. Mis papás tuvieron que empezar a hacer control de stock de las bananas de la casa para ver si las comía o no. Entonces probé otra estrategia, la tiré al tacho de basura. ¿Qué pasó? Mis padres revisaron la basura. Mi enfermedad seguía pasando, la tiré a la basura envuelta en una servilleta para que no la vieran. También me descubrieron.

Lo último que hice que "funcionó" fue tirar la banana al inodoro y dejar la cáscara como rastro de haberla comido. Eso era lo típico para mí, dejar rastros. Los hacía con todas las ingestas que yo decía que hacía, con los postrecitos Nestlé que me daba un nutricionista, era obvio que yo no pensaba comerlos, entonces yo decía que desayunaba en mi pieza, entonces sacaba todo lo que había en el envase con una cuchara, lo metía en una bolsa y la bolsa la escondía en el fondo del placard. De esa forma también dejaba los "rastros", el pote de postrecito vacío y la cuchara sucia, hasta el día de hoy que encuentro en mi casa las bolsas con la comida podrida.

La enfermedad te lleva a cometer locura tras locura. Después de una época se me dio por comer dos hamburguesas de soja diarias, eso solo ni más ni menos. Y como se dejaron de vender mi mamá desesperada empezó a buscar y no encontraba, se recorrió Rosario entero y no había caso, no se como hizo para averiguar la dirección de la fábrica, y no solo fue hasta allá sino que también se fue a la fábrica a rogarle al fabricante que le vendiera hamburguesas de soja para su hija que era lo único que comía. Ahora me río, pero me acuerdo que mi estaba desesperada y hablaba con mi tía de cómo iba a hacer si no había más de esas hamburguesas.

La enfermedad se las ingenia de una manera impresionante para hacerte lastimar a vos misma. En un momento, que viajé a Estados Unidos, lo único que hacía era hablar en inglés con todos los chef de los restaurantes para que me cocinaran sin sal y sin aceite, tenía obsesión con la sal y el aceite, entre otras cosas. Si ya no podía tomar otra agua que no fuera Evian ni la Nestlé, porque las demás tenían sodio y no sé qué mambo tenía yo en mi cabeza que me impedía ingerir sodio.

No solo se cometen "locuras" con la comida, la actividad física!!! Me levantaba a las tres de la mañana para hacer gimnasia en mi pieza y cuando terminaba todas las series que no podían ser ni más ni menos de las que me había propuesto, me iba al colegio. En el colegio hacía gimnasia en el baño, en los shoppings también. Cuando estaba adentro del auto levantaba los pies, o sea, no podían tocar el piso, no me pregunten por qué lo hacía, yo pensaba que cada momento lo tenía que aprovechar para hacer gimnasia, para adelgazar. Contodo lo que les cuento imaginen mi imagen. No tenía fuerza en verdad, pero me la pasaba nerviosa, angustiada, sentía malestar, no disfrutaba nada, lo único que me conmovía era cuando me pesaba y bajaba de peso. Una vez aumenté 200 grs y destruí la clínica, tiré el arbolito de navidad, insulté al nutricionista; la obsesión con el peso era terrible, pero no solo con el peso, con todo.

Con la limpieza y la perfección. Mi pieza era un museo, antes de bañarme pasaba un trapo con desinfectante por el piso, barría, tiraba desodorante de ambiente, ya ni me acuerdo bien, pero era todo una ceremonia. No podía pisar descalza el piso entonces usaba una toalla para arrastrarla de la pieza al baño. Después de cada vez que llegaba del colegio limpiaba mis útiles con alcohol, me cortaba las uñas, me pasaba la depiladora por si tenía algún pelo, me mojaba el pelo y me peinaba, tomaba una jarra de agua.

Mi vida era una tortura, me sentía aprisionada, dependía de adelgazar y no comer, realmente no quería vivir más así. Estuve internada dos veces, la primera fue a los 13 años ahí estuve con sonda, y la segunda estuve solo tres días y al tercero me vine para Buenos Aires. Y ese mismo día, entré en ALUBA.

Al principio me costaron las cosas. Pero hoy me siento más plena que nunca, disfruto de las pequeñas cosas, hay cosas que todavía me cuestan, pero yo tengo las herramientas y puedo manejarlo. Es como que valoras todo y no puedes ver lo que pasaste, como estabas antes y como me siento ahora. Es increíble, yo ahora lo estoy escribiendo y todavía no lo creo. Pude retomar mis clases de danza que hacía desde los cuatro años, retomé el colegio, retomé la vida, retomé vivir.

La verdad que no sé como agradecer a todos por la ayuda incondicional que me dieron y como me bancaron. Yo hoy reconozco que era insoportable, y hoy ayudar en ALUBA a las chicas que viven lo mismo que yo viví me hace muy bien. En fin, la plenitud que tengo hoy no tiene precio, no la cambiaría por nada.

Fuente: www.psicologiayautoayuda.comver-siguiente-articulo