Introducción

¿Olvidarnos de algo? A todos nos pasa. Los niños se olvidan de hacer los deberes o de recoger su habitación. Muchas veces es porque su interés en ese momento está centrado en otras cosas: en jugar, por ejemplo.
También las personas mayores se olvidan de las cosas por el mismo motivo: no se acuerdan de hacer los recados o de sacar la ropa de la lavadora, o nos podemos olvidar de donde hemos puesto las llaves del coche. La causa de estos pequeños olvidos siempre es el hecho de que, aunque nuestro ‘ordenador central' pueda procesar más de 11 millones de bits por minuto, en la ‘memoria de trabajo', la parte consciente de nuestro cerebro, sólo hay sitio para 60 bits al mismo tiempo. Y precisamente por eso automatizamos y ritualizamos muchas cosas. Así, los procesos se desarrollan de forma inconsciente (cambiar de velocidad al conducir un coche)) o automatizada (quitarse el abrigo al llegar a casa y saludar a los invitados al mismo tiempo). "Energy flows where attention goes!" (¡La energía fluye allí donde se centra la atención!)


Además, ¡solo podemos olvidarnos de lo que aprendimos (o retuvimos) en su día! Por lo tanto, aquí la calidad del proceso de aprendizaje juega un papel importante.
También los animales pueden "acordarse": Es muy conocida la historia del elefante que al cabo de mucho tiempo atacó al cuidador que años atrás le había pegado con un palo. ¿Por qué nos acordamos? Acordarse es importante para la supervivencia. Es importante saber en qué árbol crecen las frutas más sabrosas o que la combinación de un sonido específico en una situación específica implica una amenaza. Los bebés sonríen al ver la cara de su madre porque han experimentado (aprendido) que la madre implica protección, alimentación y la reconfortante sensación de amparo.


Por lo tanto, ¡acordarse es (literalmente) de importancia vital! Y por eso el aprendizaje está localizado en el sistema límbico, en el hipocampo. El lugar donde podemos enlazar las emociones positivas y negativas con datos situativos o relacionados con una situación, para poder distinguir entre una situación peligrosa y protectora: estar protegido es una sensación buena, estar amenazado una sensación desagradable. Por lo tanto, algunos "fallos de aprendizaje" en este campo (por falta de posibilidades para adquirir experien-cia, por ejemplo) pueden tener más adelante como consecuencia unas deficiencias en el campo de la competencia emocional y/o social. Puede ser el origen de determinadas fobias.
Por motivos sistemáticos, nuestra memoria está dividida en una cantidad de subformas funcionales (fig. 1). Aparte de la memoria a largo plazo, también disponemos de una memoria a corto plazo: podemos acordarnos de una serie de números durante 10
minutos, pero éstos no son almacenados en la memoria a largo plazo y por lo tanto al día siguiente ya no nos acordamos de esos números. Y eso ocurre con más facilidad a medida que dichos números dejan de tener un significado (un enlace situativo) para nosotros. El mundo en el que vivimos adquiere más significado en la medida en que hayamos almacenado más datos en la memoria a largo plazo: ¡El famoso ejemplo de Caspar Hauser lo explica claramente!
Por lo tanto, olvidarse es borrar el contenido de la memoria a largo plazo. Y el olvido fisiológico se refiere entonces a borrar el contenido de la memoria que ya no tiene significado (el número de teléfono de una ex-amiga). Sin embargo, el olvido patológico se refiere a la consecuencia de la pérdida de los fundamentos estructurales, procesales y/o energéticos de nuestra memoria: en ese caso se habla de neurodegeneración o demencia.
Figura 1:Subformas-de-la-memoria-a-largo-plazo